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Artes

Intervención de Yuderkys Espinosa

en la Mesa "Las Mujeres en el arte y la transformación
social" desarrollada dentro de las 2das. Jornadas
de Cultura y Desarrollo Social. Centro Cultural
General San Martín del 7 al 10 de julio 2004.


El arte de transformar la vida:
La conciencia de opresión en la creación de las mujeres.


Por Yuderkys Espinosa-Miñoso
Buenos Aires, julio 2004

“Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un
aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy. La punta
del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último
suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espalda magia: es allí a
donde voy. En la punta del pie el salto. Parece historia de alguien que fue
y no volvió: es allí a donde voy. ¿ O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver
cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a
donde voy. En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra
"tertulia", y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia.
Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí a dónde
voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta
es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño.
Sueño fatídico. Pero después, después de todo es real. Y el alma libre busca
un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy
hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me
agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre. Es hacia mi
pobre nombre adonde voy.”
“Es allí a donde voy”
Clarice Lispector


Me he preguntando en los días previos a este encuentro lo que en una mesa de mujeres artistas podría mi trabajo reflexivo venir a aportar. Cierto es que en principio cuando me hablaron de la idea y con entusiasmo me embarqué en ella, pensé: “Bah! pan comido”. Se suponía que mi papel era el de venir cual maestra a darles una especie de “clase” sobre los principales constructos de la teoría feminista, categorías de pensamiento que les pudieran ayudar en el trabajo de producción artística que realizan a introducir una posición crítica sobre las condiciones de subordinación de las mujeres. Después, con esta necesidad de complicarlo todo a que estamos acostumbradas las feministas, y sobre todo las que nos gusta teorizar, comencé a adentrarme en laberintos que me llevaron a ese lugar tan común para mí de la pérdida de sentido, pérdida del sentido, por ejemplo, de mi papel en esta mesa. En vano trataba de pensar qué decir y cómo decirlo de manera que resultara significativo para ustedes, y para el trabajo que realizan como creadoras de la cultura, el escucharme. Estaba segura que no era “dando una clase” sobre el “ABC del feminismo” que lograría llegar a sus mentes y dejar alguna huella instalada a manera de plataforma para la acción. La huella, eso era lo que más me preocupaba.
Por suerte para las pensadoras feministas contemporáneas a esta altura de la historia y de la lucha de las mujeres, ya contamos y podemos recurrir a una amalgama de madres espirituales que nos ayudan en esta difícil tarea de la escritura y de la crítica. Así, recordé a Virginia Woolf que en una ocasión parecida tuvo que preparar algunas palabras sobre las mujeres y la escritura, y a pesar de los recovecos, o más bien gracias a ellos, pudo escribir uno de los ensayos más importantes de nuestros tiempos sobre la condición de las mujeres y la creación. A seguidas me vinieron al recuerdo otros nombres de mujeres creadoras de atrás y de adelante, como los de Safo, Sol Juana Inés de la Cruz, Monique Wittig, Alice Walker, Emily Dickinson, Frida Kahlo, Alejandra Pizarnik, Audre Lorde, Gloria Anzaldúa, Clarice Lispector, Adrienne Rich, entre muchas otras vivas y muertas-vivas que nos marcan el camino con su luz creadora y disidente; disidente como corresponde a todo acto de creación. A ellas hice una invocación oportuna.
Pensando en ellas me puse a ponderar si había algo que tuvieran en común para decirnos. Algo que nos sirviera a las nuevas generaciones como una especie de pista, de indicio de cómo el arte se puede convertir en acto de liberación de las diferentes formas de dominio, en concreto, para las mujeres. Pensando en ellas lo primero que sentí fue una profunda certeza respecto de la imbricación que hubo en cada una de ellas entre vida y obra. A pesar de la necesidad de algún*s crític*s y agentes culturales en negar tal relación parecería absurdo no observarlo en sus trayectorias particulares. Qué se puede decir de ellas: mujeres rebeldes, guerreras, en muchos casos solitarias, en muchos otros liberadas del deseo normativo heterosexual, todas concientes y en posición crítica respecto del lugar definido para ellas como mujeres, todas “casadas consigo mismas” y al mismo tiempo dispuestas a hacer de ese “sí mismas” un reto constante a sus propios límites.
Esta primera certeza me llevó a una primera e importante conclusión que a manera de aprendizaje quiero compartir. Puesto que el arte, la creación artística es un lugar de mayor exposición del “yo”, parecería imposible pensar el arte realizado por mujeres (pero también el realizado por hombres) por fuera de la condición que ocupan socialmente. Pero más importante que esta comprobación es la afirmación que parecería venir de nuestras antecesoras de que si el arte sirve para el cambio, en primer lugar debería servir para transformar las propias condiciones de subordinación, cualesquiera que estas sean. Y si el arte transforma, el arte debe servir a las mujeres como herramienta fundamental para su propia revuelta. Así, se podría afirmar que todo arte hecho por mujeres que se aprecie de ser inventivo, sagaz, radical, comprometido con su propia existencia, es un arte feminista, más allá de la conciencia de serlo. Digo arte feminista a un arte de las mujeres que se hace consciente del lugar, de las cadenas, de los límites que sufrimos como tales las subjetivadas como mujeres en un mundo patriarcal. Digo arte feminista, y no femenino, a toda la producción realizada por artistas mujeres que se coloca más allá de los estereotipos de género y se desmarca de los límites fijados por las convenciones socioculturales y por los propios cánones de la industria cultural, donde también las mujeres están llamadas a cumplir un rol fundamentalmente de reproductoras.
Así, la artista autora, la verdadera creadora, feminista aun sin saberlo, al igual que la mestiza propuesta por la Anzaldúa, es aquella que se ha atrevido a iniciar una búsqueda que no sabe a donde la conduce. Liberándose del lugar impuesto es ya en sí misma parte de su propia obra, porque se ha atrevido a burlarse a sí misma y a sus propias constricciones fundacionales, y se ha iniciado en la indagación y en la producción de su propia palabra, de sus propios sentidos del mundo y de su propia corporalidad. Podemos decir que ella se atrevió a desafiar los límites del padre (las más de las veces en boca de la madre) y dio un salto que la llevó a lugares desconocidos. Y es por esta razón que no podemos dejar de percatarnos que la primera gran obra de toda artista creadora es hacerse a sí misma, recrearse por fuera o en posición crítica a los mandatos culturales que le dan un lugar en el mundo. Su arte se convierte en un pretexto para la propia creación, para el propio rehacerse, para la abdicación del camino que le tocaba recorrer.
Esta última certeza a la que llegué pensando en las grandes creadoras que nos anteceden, me llevó a otra afirmaciones que se derivan de allí y que quiero proponerles en esta tarea de pensar un arte realizado por mujeres desde eso que se ha dado en llamar conciencia de género y que no quiere decir más que ubicarse desde una conciencia de la propia subordinación. La primera afirmación que quiero proponerles es que contrario a lo que una pudiera pensar un arte transformador de las condiciones de opresión de las mujeres, esto es un arte feminista, no es un arte que recupere y asuma placidamente el lugar que se les ha asignado a las mujeres en la cultura reivindicado para sí aquello que se nos ha hecho ver como propio. Por el contrario, precisamente porque somos concientes de que el género es el instrumento fundamental a través del cual se reproduce y mantiene nuestra subordinación, llegamos a la conclusión de que no es reivindicando una identidad femenina sino asumiéndonos en un compromiso con su deconstrucción que el arte realizado por mujeres y por qué no, por varones solidarios, se convierte en arte de transformación del patriarcado. Podemos entonces llegar a afirmar que todo arte feminista, todo arte comprometido con la causa de las mujeres es aquel que conlleva su propia desestabilización.
Y esto es importante de que lo tengamos muy en cuenta a la hora de pensar como articular una propuesta de trabajo conjunto entre artistas comprometidas con el cambio cultural. Es imposible pensar tal acción sin asumir un compromiso explícito con la transformación de la vida del género. No podemos seguir soslayando el papel fundamental que juega este en el establecimiento de la vida común. El género, esa tecnología por medio de la cual se recrean naturalizadamente dos tipos de seres humanos, femeninos y masculinos, de manera que parecería algo dado, es en realidad una tecnología de poder que se encuentra en la base del funcionamiento de esta sociedad injusta y misógina tal y como la conocemos. El género no es una tecnología inofensiva: gracias a ellas existimos las mujeres como seres disponibles en nuestro deseo, nuestros afectos, nuestra capacidad reproductiva, nuestra vida toda, para los hombres. Y esto es algo contra lo que todo arte que se aprecie de transformador debe trabajar.
Debemos fortalecernos en nuestras reflexiones y de ser posible acercarnos a los paradigmas de compresión de esta problemática, ya que por medio de ellos podemos aguzar nuestra capacidad de respuesta y de transformación de la vida de las mujeres a través del arte. Quiero hacer especial hincapié en esto porque sé de las reticencias que existen en el ámbito cultural a la teoría, en general, y a la teorización feminista, en particular. Y es esta deuda al desarrollo de un pensamiento propio sobre nuestra subordinación parte de la razón de por qué cometemos errores gravísimos de interpretación de los modos por medio de los cuales aportaremos a cambiar las relaciones de poder y subordinación entre hombres y mujeres.
Solo para poner un ejemplo, puedo contarles de la confusión importante que existe en muchos de los movimientos artísticos y de mujeres respecto a la asunción de una posición crítica a la cultura patriarcal. Lo que yo he visto con mucha preocupación es como este trabajo es traducido al nivel de la producción y la propuesta cultural como una tarea de revalorización y rescate de lo femenino como el ámbito propio de la mujer. Se parte de la falsa creencia de que “las mujeres” es un grupo natural con intereses, prácticas, modos de hacer, características particulares, cuya problemática social refiere fundamentalmente a que no ha sido valorado en sus formas. Múltiples consecuencias en la representación de las mujeres en las artes, en general, y en las artes escénicas, en particular, se derivan de este erróneo análisis. Gracias a esta interpretación podemos llegar a reproducir, proclamar y defender los más burdos estereotipos existentes sobre la mujer, esos que justamente corresponden a la idea que ha instalado el sistema de poder sobre nosotras y que contribuyen justamente a su perpetuación.
Esto último da pie a la otra afirmación que quiero presentarles. Esta segunda afirmación señala la diferencia existente entre un llamado arte femenino, tan popular en los últimos tiempos (literatura, artes plásticas, dramaturgia femenina), y un arte de espíritu feminista. Al hablar de uno no hablamos del otro y por el contrario, en muchos casos, estos llegan a oponerse. Sin embargo, por todo lo que decía en el párrafo anterior, hay al parecer muchas confusiones al respecto y en algunos lugares se entiende que es lo mismo. Parecería que la tendencia que se impone en determinados espacios comerciales, pero también del circuito alternativo, es a asumir la idea de que un arte que reivindique a las mujeres es aquel que se centra y representa al mundo de la mujer tal cual es. Al menos esta es la argumentación. Echando sin embargo una ojeada a ese mundo que se representa de “las mujeres”, lo que se puede observar fácilmente es cómo estas representaciones se basan en prejuicios naturalizados de lo que es una mujer y de los códigos en que se mueve. Si una hiciera un intento de trazar un mapa histórico sobre la representaciones de las mujeres en las artes escénicas y en la literatura convencional, una podría darse cuenta que en realidad desde hace siglos nos estamos manejando mayoritariamente con unos cuantos modelos fijos de presentación de las mujeres, de los que yo puedo identificar en principio cinco: la puta gozosa, la madre-esposa (con todas sus variantes que van desde la abnegada hasta la castradora), la solterona frígida, la divorciada desesperada y la suegra entrometida.
Una vez tomado en cuenta esto, no hay posibilidad de sostener, con todos los cambios que se han operado en la vida de las mujeres al menos desde la segunda guerra mundial, que todas esas obras simpáticas que nos presentan a las mujeres en su vínculo tragicómico con los hombres, tipo “las mujeres son de Venus y los hombres son de Marte”, o “No seré feliz pero tengo marido”, lo que hacen es presentar a las mujeres tal y como son. Y lo que sí quiero sostener y advertirles aquí es que esta representación estereotipada de las mujeres, cuyas vidas están fundamentalmente definidas por su vínculo con los hombres, por más que se haga desde la buena intención, no ayuda sino que contribuye a perpetuar las condiciones de subordinación.
Hay entonces importantes diferencias que separarían esto que se ha dado en llamar el arte femenino o de la mujer, de esta propuesta que les hago de un arte feminista. Porque precisamente por carecer de una crítica de género el arte femenino se regodea en sus propias cadenas convirtiéndose en funcional al sistema; y es de allí su popularidad traducida en capacidad de venta. No hay en él ningún intento de, a la manera de nuestras antepasadas gloriosas, cuestionar, preguntarse, traspasar los límites impuestos del mundo femenino. Es un arte que no tiene ninguna intención de pensarse a sí mismo, ni de producir saberes o perspectivas por fuera del mundo asignado a las mujeres. Y es de allí la confusión respecto de si un arte femenino puede producir experiencia humana o solo se circunscribe al mundo de la mujer. Ante esta interrogante planteada, a mi me parece que ciertamente un arte de las mujeres que no se coloque en distanciamiento y perspectiva crítica con la propia identidad es un arte que queda reducido obedientemente al lugar que se le ha asignado. Es allí entonces una diferencia importante a marcar, de manera que quede claro que no es esa la propuesta que les hago.
Porque hay una gran diferencia en una propuesta cuyo énfasis está puesto en rescatar las representaciones tradicionales de la mujer en la cultura occidental (a manera de rescate de una identidad original que se ve amenazada) a una que justamente lo que le interesa es proponer nuevas representaciones que lleven a poner en inestabilidad e incluso a clausurar los mitos fundacionales de lo femenino en que dichas representaciones se basan. Si hay algo que un arte feminista o comprometido con la eliminación de la opresión de las mujeres debería plantearse en primera instancia es contribuir a proponer, presentar, legitimar modelos de existencia para las marcadas como mujeres que sirvan de paradigma de autonomía y libertad para ellas mismas y para toda la humanidad.
Y no vayan a cometer el error de creer que un paradigma de autonomía para las mujeres es aquel que encontramos en esas imágenes de la “mujer liberada” que comenzó a instalarse en los medios y sobre todo en las artes escénicas, a partir de los 70´s durante la mal llamada “Revolución Sexual”, con títulos como “Mujeres Calientes” o “Sex and de City”. Porque esa mujer “superada”, insaciable devoradora de hombres, gozadora de la penetración y del sexo furtivo, es solo uno más de los mitos inventados por una cultura dominante que coloniza el cuerpo de las mujeres y los preserva para el varón. Estas imágenes de la mujer alegre y superada no se corresponden con lo que les ocurre a las mujeres de carne y hueso en sus vidas y sino vayan a ver lo que dicen los estudios de las últimas cuatro décadas sobre la sexualidad de las mujeres heterosexuales y sus múltiples insatisfacciones.
Es así que al pensar en un paradigma de autonomía y libertad para las mujeres les recomiendo sospechar de cualquier figura que haya sido legitimada socialmente. Como ven, lo que les estoy proponiendo no es un camino fácil. Para atravesarlo debemos estar dispuesta a despojarnos de los referentes válidos con que hemos contado las mujeres. Y a mi me parece que en esta tarea las mujeres artistas tienen un rol social fundamental. Ustedes tienen que adelantarse en este caminar hacia la invención de referentes nuevos y propios colocados en posición crítica a los más arraigados cánones con los que contamos, en la certeza de que contrario a lo que nos han hecho creer estos no tienen nada de universales, ni de neutros. Si hasta ahora las representaciones de lo femenino y lo masculino disponibles en la cultura han sido producidas por los varones, hace falta todavía que las mujeres en un acto de desobediencia nos liberemos de ellas e inventemos y propongamos otras. Un acto de mayor rebeldía será entonces, dejar el papel de reproductoras que nos han asignado y que hemos ocupado dócilmente y volvernos productoras de cultura.
Y debemos recordar que hacernos productoras de cultura, como todo acto de creación, conlleva paradojas no menores: tendremos que movernos entre el ser y no ser, entre la particularidad y la universalidad, entre la asunción de un lenguaje propio atravesado por el ajeno, entre la sed de la palabra y la necesidad a veces también urgente del silencio, entre la apertura y el límite, entre el nacimiento y la muerte. La conciencia de que debemos dejar que algo muera para que algo nazca, de que debemos partir de la propia experiencia para cantar el mundo, debe afirmarnos en la idea del arte como acto político, de la creación como un camino de libertad inaudita para las mujeres.
Quiero para concluir dejarles estas palabras que Virginia Wolf hace más de medio siglo dirigió a su auditorio de mujeres escritoras y que creo puede servirnos a todas por igual:
“Si te paras para maldecir estás perdida… lo mismo si te paras para reír… Piensa en el salto”.
Yo les propongo que en un acto de voto imperioso más que a nosotras mismas al proyecto de lo que seremos apostemos al salto. Saltemos… e inventemos el mundo!

Textos de Referencia.
Anzaldúa, Gloria (2004). “Movimientos de rebeldía y las culturas que traicionan” en: bell hooks, Avtar Brah,Chela Sandoval, Gloria Anzaldúa... [Et Al.]. Otras Inapropiables. Feminismos desde las fronteras. España: Traficante de Sueños.
de la Tierra, Tatiana (2002). Para las Duras: Una fenomenología lesbiana. USA: Calaca Press; Chibcha Press.
Espinosa, Yuderkys (2003) Sobre el Feminismo Hoy. A la búsqueda de un otro sentido del ser y el hacer feminista en este tiempo. Publicado en www.creatividadfeminista.org y de próxima aparición impresa.
Lauretis, Teresa (2000). Diferencias. Etapas de un camino a través del feminismo. Madrid: Editorial Horas y Horas.
Lispector, Clarice (1988). Silencio. Barcelona: Grijalbo Mondadori.
Rich, Adrienne (2001). Sangre, pan y poesía. Prosa escogida 1979-1985. Barcelona: Icaria.
Rich, Adrienne (1983). Sobre Mentiras Secretos y Silencios. Barcelona: Icaria.
Woolf, Virginia (1989). Una Habitación Propia. Barcelona: Seix Barral

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RIMA: Red Informativa de Mujeres de Argentina
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Fecha de actualización en RIMAweb: 10-01-2005