Crónica interesada y apuntes para el debate sobre el taller

Feminismo y Marxismo

 

Encuentro Feminista de Argentina

Río Ceballos, Córdoba, 29 y 30 de abril, 1 de mayo de 2000.

 

 

por Alejandra Ciriza

 

Este breve relato corresponde a una síntesis elaborada sobre los ejes de debate que surgieron del intercambio entre quienes participamos del Taller Feminismo y Marxismo, en el Encuentro Feminista de Río Ceballos, Córdoba, en abril - mayo de 2000.

En buena medida la necesidad de revisarlo para enviarlo a RIMA me obligó a releer y reorganizar parcialmente la primera versión, que escribí y discutimos con Nora Llaver. La redacción inicial fue escrita para desatar algún debate posterior, que finalmente nunca llevamos a cabo, entre quienes participamos del taller. Se suponía entonces que muchas de nosotras "sabíamos" de qué se trataba, que íbamos a polemizar en torno de los silencios y omisiones, que pondríamos en juego a partir de ese breve relato nuestras disidencias y desacuerdos.

No fue así, entonces es preciso asumir la cuota de responsabilidad mayor que me cabe en la organización de este texto, que es el producto de las discusiones entre quienes participamos en el taller cordobés, pero también de las selecciones que pude efectuar sobre la base de mis propios intereses y vínculos con algunas de las participantes, y no con otras. Es sintomático que sólo recuerde algunos nombres: los de aquellas a los que me liga una historia previa, o alguna actividad en común, los de aquellas con las que sostuvimos, aún de manera intermitente, el vínculo: Dora Coledesky, Dora de la Vega, Mónica Tarducci, Estela Díaz, Nora Llaver son los rostros y los nombres que vuelven a mi memoria ahora, cuando reescribo parcialmente lo que escribimos y discutimos aquella vez. Mucho de esta reconstrucción debe no poco, y me parece necesario indicarlo, a mis particulares puntos de vista, a mi experiencia de militancia y a mis lecturas, a mis preocupaciones teóricas y políticas, que han reorganizado los modos como he resignificado lo que aportaron las otras con las que compartí el taller. Por lo demás no sólo se trata de dificultades inherentes a las formas diferenciales de selección y escucha, sino también de las que derivan de elaborar un protocolo sin registros textuales.

Es evidente que no fue posible recoger ninguna intervención en forma textual, sino que esta memoria es el resultado de notas apresuradas tomadas al calor de la discusión. Se trata pues, de una reconstrucción parcial, no sólo por el tiempo transcurrido, sino por las selecciones que surgen del hecho de someter una discusión relativamente abierta y casi sin plan previo (a excepción de un breve escrito presentado por Dora Coledesky que se retoma en algunos puntos de este documento) a un cierto orden.

A grandes rasgos se podría decir que quienes participamos estábamos interesadas en revisar, por una parte, la herencia teórica y política del marxismo a la luz de la crítica feminista, preguntándonos cómo había sido posible la incorporación de las demandas de las mujeres, no sólo como preocupación teórica, sino como parte de la agenda política de las diferentes versiones de la izquierda. Por otra parte nos urgía pensar en los desafíos de la nueva coyuntura y en los grandes nudos de problemas a los cuales nos enfrentamos desde nuestra, por así decir, doble pertenencia.

 

1. Pasado. Los años 60 como encrucijada fundacional: los nuevos sujetos.

 

La mirada hacia el pasado nos permitió recordar y reflexionar sobre los hitos más relevantes del cruce, no siempre simple, entre tradición marxista y feminismo. Si por una parte se insistió sobre la herencia de las tres grandes revoluciones de este siglo: la Rusa, la China, la Cubana, y hubo quienes subrayaron las diferentes formas de resolución de la cuestión de las mujeres en el caso soviético y en el chino, poniendo en tela de juicio las estrategias de estatalización del trabajo doméstico como clave de resolución de la opresión de las mujeres, por la otra la década del 60 se presentó como un hito relevante en el cruce entre marxismo y feminismo. Es decir, si la desigual herencia de las experiencias revolucionarias previas nos colocaba ante nuestras diferencias políticas, todas coincidíamos en señalar los años 60 como la coyuntura histórica que posibilitó la visibilización de la especificidad de la cuestión de las mujeres.

Hubo una suerte de consenso (y digo esto porque asumo que en tal consenso había matices diferenciales no menores) respecto de que el proceso histórico que estallara en el mayo francés tuvo consecuencias que no se limitaron a la emergencia de un movimiento juvenil en los países europeos. Lo que el mayo vino a mostrar fue la imposibilidad de subsumir bajo la forma clásica de lucha de clases las necesidades de transformación de la sociedad. Es decir: no sólo se trataba ahora de un colectivo formado por obreros, sujetos con una localización precisa en cada formación social en función de las contradicciones tópicas del capitalismo, sino de demandas mucho más ligadas a la vida cotidiana y a la subjetividad las que vinieron a ocupar un lugar importante en los debates teóricos y políticos, a saber: la sexualidad, el trabajo doméstico, el cuerpo. Estas demandas se encarnaban en mujeres, jóvenes, negros y negras en Estados Unidos, mujeres, jóvenes y movimiento obrero en Europa, jóvenes, y trabajadores, intelectuales, varones y mujeres comprometidos en la lucha antiimperialista o anticolonial en los países latinoamericanos y africanos (1). En América Latina el impacto del mayo francés se articuló en torno de la herencia de la revolución cubana; el ejemplo político y las formas organizativas de los movimientos de emancipación en África, sobre todo la lucha anticolonial argelina y la guerrilla angoleña; y el ejemplo vietnamita. La larga resistencia vietnamita ante la colonización francesa primero y ante la invasión norteamericana después promovía la certeza de que el tiempo estaba a favor de los pequeños (2).

De alguna manera lo que se desprendió de la referencia al pasado indicaba que la mayor parte de nosotras estaba de acuerdo en reconocer en los 70 un hito significativo. Muchas de nosotras entendíamos que las condiciones de la década del 70 estaban marcadas por un conjunto de rasgos específicos que hicieron de esa coyuntura histórica un excepcional punto de condensación para canalizar la voluntad de cambio de numerosos sectores: se trataba de la edad de oro del capitalismo, con una potente clase obrera y movimientos contestatarios de distinto signo en los países centrales, que incluían desde la demanda de derechos civiles para los negros en Estados Unidos hasta movilizaciones juveniles en rechazo a la guerra imperialista en Vietnam. Entre los años 60 y los 70 también se producirían importantes movimientos emancipatorios en América Latina y en los países coloniales en África y Asia.

Las excepcionales condiciones de movilización social y política de los sesentas permitieron poner en cuestión algunas de las tesis del marxismo clásico e hicieron visibles temas relevantes para una posible articulación entre feminismo y marxismo: fundamentalmente el carácter heterogéneo de los sujetos de la revolución y las relaciones entre producción y procesos de reproducción de la vida humana, entre condiciones estructurales y división sexual del trabajo. Las nuevas condiciones reales exigían interpretaciones que permitieran comprender la vinculación entre cuerpo y política, entre trabajo productivo y reproductivo, entre patriarcado y capitalismo. Sin embargo los debates a propósito de la condición de las mujeres no sólo se ligaba a la necesidad de iluminar nuevos problemas, sino que también permitieron advertir cuanto de patriarcal anidaba en la propia tradición obligándonos a revisar algunos asuntos teóricos e iluminando puntos ciegos en nuestras propias prácticas.

A modo de reflexión me gustaría señalar que probablemente, aun cuando fragmentaria, esta apelación a la relación entre pasado y presente, tal vez haya constituido uno de los momentos más interesantes del debate, no sólo porque permitió compartir saberes acerca del pasado, sino porque la mirada hacia la historia como producto y condición de la práctica humana constituye uno de los aspectos más iluminadores de la tradición teórica y política del marxismo.

 

2. Presente. Las nuevas condiciones estructurales

 

Uno de los asuntos centrales, desde una perspectiva que procure articular feminismo y marxismo, es intentar una reconceptualización de las condiciones actuales. La complejidad de las actuales condiciones de existencia abarca una amplia serie de factores. Nuestras preocupaciones se focalizaron en aquellos aspectos que se nos aparecían como más relevantes en orden a una caracterización de la coyuntura actual.

Desde la perspectiva marxista la cuestión del proletariado como sujeto de la revolución ha constituido un asunto fundamental. La famosa tesis de Marx acerca del carácter revolucionario de la clase obrera hace referencia al punto de articulación entre estructura social y sujeto político. Nacido de la implantación del modo de producción capitalista, el proletariado habría de ser su sepulturero. Hijo de las condiciones materiales de existencia propias de la Europa del siglo XIX, cuando protagonizara las primeras revueltas contra la burguesía, el proletariado constituía la negación en acto de la dominación burguesa. Así como la burguesía había necesitado de la realización de una revolución política que pusiera las condiciones para la consideración de los sujetos como formalmente libres e iguales, así como la burguesía había contribuido a la expansión del capitalismo y al nacimiento del proletariado, así el proletariado sepultaría a la burguesía produciendo un proceso revolucionario que permitiría solucionar la contradicción entre el carácter social del proceso productivo y el carácter privado de la apropiación de sus productos por parte de la burguesía.

Sin embargo, si desde la perspectiva del marxismo clásico la clase obrera constituía el sujeto de la revolución, las transformaciones del capitalismo contemporáneo, ligadas al predominio del capital financiero sobre el industrial y a la crisis de formas clásicas del empleo asalariado, así como también a una conversión de la forma y función del estado capitalista, han conducido a una nueva situación.

Si bien nos resultaba claro que hoy la lucha implica nuevas condiciones, acerca de cuál fuera la significación de esas "nuevas condiciones" hubo diferencias.

Desde la perspectiva de algunas de las participantes las condiciones actuales de acumulación de capital han redefinido una serie de aspectos relevantes.

Por una parte se han transformado las relaciones entre capital y trabajo. Los trabajadores hoy no son sólo obreros y proletarios, sino que el capital atraviesa el conjunto de las relaciones sociales por la vía de la conversión de muchos productos y servicios en mercancía.

En segundo lugar la tecnología, considerada como componente orgánico del capital, ha redefinido las condiciones de acumulación propias del capitalismo tardío así como las formas de extracción de plus valía. Todo ese trabajo muerto operando y definiendo las condiciones de existencia de los vivos ha conducido a la pérdida de las condiciones de empleo existentes en la edad de oro de capitalismo, a la vez que ha producido un proceso sin precedentes de concentración y transnacionalización del capital y agudización de la competencia intercapitalista (Meiksins Wood, 2000). Bajo las actuales condiciones el deterioro creciente en las condiciones de empleo de los trabajadores asalariados y los niveles alarmantes de desocupación no son sino las dos caras de una misma moneda.

Por otra parte también el escenario internacional y las relaciones entre los estados se ha transformado, así como también las relaciones entre estado y sociedad civil. Para muchas de nosotras se ha producido una profunda transformación de las relaciones entre los estados, entre estado y capital, entre estado y sociedad civil. En la década del 80, de la mano del avance neoliberal se cumple una profundización de la función de dominio clasista del estado a la vez que retroceden los aspectos universalistas que caracterizaran la etapa de las reformas keynesianas. Si en la edad de oro del capitalismo el estado promovió procesos de industrialización en los países periféricos como el nuestro, a la vez que tomaba parte activa en los procesos de reproducción de la fuerza de trabajo a través de políticas sociales destinadas a amplios sectores de la población, a través de seguros de salud, sistemas estatales de jubilación y pensión, y diversas formas de la garantía de los derechos ciudadanos, la pérdida de las funciones del estado keynesiano y la globalización del capitalismo, ha redefinido tanto la relación entre estado y reproducción ampliada del capital como los escenarios de la lucha política.

Qué significado se atribuya a esta transformación es objeto de agudas polémicas que incluyen desde la hipótesis de la existencia de una sociedad civil global como efecto de la "disolución de las fronteras de los estados nacionales", hasta tesis que acentúan las relaciones entre globalización y massmediatización de la política que habría producido un traslado desde la escena política a la mediática. Néstor García Canclini, por ejemplo, no duda en sugerir que la massmediatización de la cultura ha transformado las formas de la política hasta tal punto que la ciudadanía ha pasado a ser ejercida con relación a los consumos culturales. El mercado devora la política sometiéndola a sus reglas, a las reglas del comercio, el espectáculo y la publicidad. Los medios electrónicos de comunicación habrían desplazado el desempeño ciudadano hacia las prácticas de consumo a la vez que inutilizan y arrojan a la obsolescencia prácticas de militancia y representación partidaria.

Desde el punto de vista de quienes siguen preocupados por la cuestión de las relaciones entre sociedad civil y estado, tal como lo hace la investigadora brasileña Sonia Fleury, la cuestión de las transformaciones por así decir "puramente superestructurales" adquiere un peso mucho menor. La carga del análisis se traslada hacia una lectura determinada de los cambios históricos en las relaciones entre economía y política, entre estado y capitalismo, entre desarrollo de las fuerzas productivas, las relaciones de producción y propiedad y las formas de legitimación política en cada formación social. Si en la edad de oro del capitalismo los estados nacionales contribuyeron a la reproducción ampliada del capital a través de la organización de las condiciones de reproducción de la mano de obra asalariada por la vía de seguros de salud, previsionales, y políticas sociales de cobertura universal implementadas a través de la inserción de los varones en el aparato productivo, así como del sostenimiento del sistema educativo, hoy se ha producido un dominio directo de la economía sobre la política que ha redefinido la función de los estados nacionales, sobre todo en los países periféricos, debido a las especiales características del capital financiero. La etapa actual parece ligarse a una mayor incidencia de los organismos internacionales de crédito sobre las políticas de los estados periféricos. De todas maneras no parece exclusivo de la periferia el aumento de la desigualdad social y el surgimiento de "nuevas desigualdades", así como la pérdida de derechos sociales otrora garantizados. La emergencia de nuevas desigualdades es señalada por el muy francés y metropolitano Fitoussi, a la vez que la recurrente argumentación en torno del fin de la llamada ciudadanía social constituye un leit motiv tanto para sus defensores como sus para detractores. Mientras la derecha aboga desembozadamente por la privatización de las garantías y pone el acento en el cumplimiento de obligaciones y responsabilidades sobre la base de argumentos libertarios y utilitaristas, los sectores más ligados a tradiciones garantistas y de izquierda continúan argumentando en favor de la igualdad como condición de ciudadanización de los sujetos. La igualdad constituye, desde el punto de vista de la tradición de la izquierda, la precondición de la ciudadanía.

Las nuevas condiciones de acumulación capitalista están marcadas por una serie de procesos: transnacionalización y concentración del capital, cambio en las formas de extracción de plusvalía que redundan en una redefinición de la relación de los sujetos con el trabajo, pérdida de las formas clásicas del empleo y aumento de la exclusión social y las desigualdades, transformación de la forma y función de los estados nacionales. Desde esta línea de análisis la cuestión del estado sigue siendo decisiva así como la consideración de las condiciones específicas en cada formación social, aun cuando a la vez se señale que la resistencia se ha internacionalizado de la mano de los nuevos movimientos antiglobalización.

Desde posiciones sostenidas por otras participantes en el taller, lo único que ha cambiado es el nombre: el imperialismo continúa siendo imperialismo, la clave continúa estando en la lucha de clases, entendida en un sentido tradicional.

Desde mi punto de vista la discusión en torno de la coyuntura actual mostraba con claridad la existencia de un debate que no es en modo alguno exclusivo del pequeño taller cordobés: el asunto de la función de la teoría y de las formas de situarse ante las categorías analíticas centrales de la tradición. Por una parte quienes están dispuestas a una revisión radical de la teoría a la luz de los últimos acontecimientos pueden deslizarse insensiblemente hacia versiones probablemente (e incluso tal vez seguramente) ligadas a lo que Anderson llamaría el marxismo occidental, amparadas en la proliferación de teorías y posiciones vinculadas a otras tradiciones teóricas no sólo diferentes, sino ajenas al marxismo y difícilmente compatibilizables con él; por la otra quienes desean conservar algunos elementos teóricos y prácticas ligadas a algunos partidos de izquierda arriesgan situarse en perspectivas reduccionistas cuyas limitaciones han sido señaladas en forma repetida desde el campo del feminismo aunque no sólo desde él.

Aún más, una rápida mirada sobre los puntos de discusión permite advertir no sólo la profundidad de los cambios que se han producido en el orden de lo real, sino la honda incidencia que estos tienen sobre las perspectivas teóricas. Sin embargo también es cierto que no hay inmediatez alguna entre condiciones materiales de existencia y formas de conciencia. Eso posibilita la defensa de puntos de vista que Williams llamaría residuales, sostenidos sobre la inclusión en grupos cuya actividad militante posibilita fuertes sentimientos de pertenencia (3). La tesis del "nada ha cambiado" se sostiene sobre las tareas incumplidas que la derrota del 76 ha dejado sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas, y también sobre las brutalidades cometidas por gobiernos elegidos democráticamente, brutalidades que en otros tiempos sólo hubieran podido perpetrar sanguinarias dictaduras.

Pero si las tareas incumplidas posibilitan la ilusión del "nada ha cambiado", la derrota ha posibilitado una creciente autonomización de la teoría. Aun así es conveniente recordar que si es verdad que no hay inmediatez alguna entre interpretar el mundo y disponer de las fuerzas políticas para transformarlo en el sentido de nuestros deseos, sí lo es que la interpretación de la realidad supone elegir como estratégicos ciertos espacios para la acción política a la vez que simplemente se ignoran o, en el mejor de los casos, se descuidan otros. Soñamos mundos mejores a la medida de nuestros horizontes, de los obstáculos que somos capaces de advertir, de los tropiezos con aquello que desde nuestro punto de vista no funciona. Las versiones que sostengamos del marxismo, las marcas que sobre nuestras pieles haya dejado la historia política argentina, nuestras edades, los momentos y modos de incorporación de una "conciencia feminista" constituyen los puntos de partida inevitables.

3. El nudo del debate: revisar las propuestas teóricas del marxismo clásico a la luz de los procesos iniciados en la década del 60 y de la coyuntura actual

 

En principio supuse que el sesgo que la discusión había tomado: el debate en torno de la coyuntura y la discusión de los supuestos de la teoría clásica a la luz de la emergencia de los nuevos sujetos y las nuevas contradicciones constituía un efecto de la insistencia que Dora de la Vega y Dora Coledesky había puesto de manifiesto en el taller.

Sin embargo tiendo a pensar ahora que el asunto quedó establecido como parte de las recurrencias, de la autorreferencialidad necesaria cuando quienes optamos por poner sobre la mesa esta doble pertenencia nos reunimos para discutir acerca de su significado.

¿Qué era anterior en nuestras biografías políticas? ¿Qué historia, por así decirlo, pesaba y pesa más? Ambas Doras ponían sobre el tapete un viejo tema: los patriarcas fundadores de la tradición habían indicado que la contradicción fundamental estaba dada por la lucha de clases; el asunto de las mujeres era secundario. Por eso insistimos sobre una idea que se repitió de distintas maneras: muchas de nosotras sosteníamos que si la teoría marxista tiene algún sentido es precisamente el de no conservarse como dogma, sino como guía para una praxis transformadora capaz de incluir demandas ligadas a la opresión clasista, pero también las demandas emancipatorias de otros colectivos, específicamente, en nuestro caso, el de mujeres.

El hecho de disponer como documento base del trabajo escrito por Dora Coledesky hizo que la discusión se orientara, por una parte hacia un intento de precisar la noción de ideología y las razones del interés por la problemática, y por la otra a intentar responder a la pregunta por la forma de la teoría social del feminismo.

Dice Dora Coledesky: "No se puede luchar contra la superestructura cultural de una época sin afirmar una contracultura, de la misma manera que no se puede luchar contra la propiedad privada, sin afirmar una propiedad social. El combate del feminismo atacando los pilares de la opresión que hemos mencionado contribuye a debilitar el poder patriarcal y capitalista y a crear una contracultura. Pero no sólo eso. El feminismo como teoría de crítica radical a la sociedad logró esclarecer aspectos de la opresión social que el marxismo había descuidado. Con respecto a esto, como marxista crítica, me atrevo a citar a John Holloway: "Está claro que existen muchas teorías que critican a la sociedad en forma radical y que algunas de estas teorías han logrado iluminar aspectos de la opresión social que han sido descuidados por el marxismo. El feminismo es el ejemplo más obvio. También surgido de la inquietud social de esos mismos años, el feminismo ha logrado desarrollar una crítica de las relaciones de género de esta sociedad que ha llegado a un público mucho más amplio que el marxismo y que ha radicado profundamente en el comportamiento de la gente. Es importante reconocer la fuerza de la crítica que muchas feministas han hecho a la ceguera del marxismo frente a la opresión de género y su crítica más general del machismo-leninismo de la tradición revolucionaria. Pero, dice John Holloway: el feminismo no tiene una teoría de la crisis del dominio patriarcal, una teoría del cambio social. ¿Esto es así? (Coledesky, Documento preparado para el Encuentro, abril de 2001).

Si por una parte la pregunta desatada por Dora abría el camino a su propia respuesta acerca de las relaciones entre marxismo y feminismo, una respuesta que se liga a su concepción del feminismo como movimiento autónomo y a la importancia que asigna a la lucha en el seno de la sociedad civil, por la otra nos empujó a un debate que es muy importante para nosotras: el de la relación entre producción y reproducción, entre estructuras objetivas y formas de subjetivación, por decirlo en términos clásicos, al célebre asunto de las ideologías

Algo más que simples ideas, las ideologías constituyen, por una parte la argamasa que sostiene el orden establecido en la medida en que contribuye a la subjetivación de las estructuras objetivas. Si la ideología de las clases dominantes es la ideología dominante en una sociedad ello se debe a que el orden real constituye el espacio social en el cual un sujeto se reproduce como tal sujeto, con un lugar preciso en la división social del trabajo, con cegueras inherentes a la opacidad necesaria para el funcionamiento del orden social como si fuera natural y no producto de un largo proceso histórico en el cual ese orden se ha ido configurando.

El debate iniciado en el campo marxista a partir de la derrota del 22, y con mayor profundidad a partir de los años 70 nos ha hecho entender la relevancia de la sociedad civil como espacio de lucha. Precisamente de esas "casamatas" (como Gramsci las llamara) se trata: de la familia, cuya continuidad o transformación tanto tiene que ver con la emancipación de las mujeres, de la escuela, del sentido común, de las costumbres, la vida cotidiana y la cultura.

Los debates setentistas permitieron advertir la imbricación profunda que liga familia y estado, vida cotidiana y reproducción de las relaciones de subordinación, cultura y capitalismo, relaciones de producción y tramas de significación que legitiman el orden establecido y lo naturalizan. Inclusive el aporte específico del feminismo ha consistido y consiste en mostrar hasta qué punto lo que un sujeto piensa arraiga en su vida cotidiana, hasta dónde lo personal es político. Si para nosotras es tan decisivo transformarla es porque lo que alguien piensa arraiga en lo que hace cotidianamente, diariamente y es precisamente en la naturalización de la cotidianidad donde reside el ocultamiento de sus dimensiones políticas. Aquello más personal, como las decisiones sobre nuestro propio cuerpo, la relación con nuestra pareja, nuestra orientación sexual, los asuntos menudos de la vida privada se sustentan en un sinfín de pequeños gestos cotidianos que sin embargo, y a pesar de las apariencias no son tan privados ni singulares como muchas veces se ha pretendido. También la vida cotidiana y el sentido de la privacía, la intimidad y nuestra propia subjetividad son producto (aunque no sólo) de relaciones sociales y de formas comunes de experiencia.

También las formas de construcción de hegemonía se han transformado bajo el impacto de la massmediatización de la cultura. Sin embargo los nuevos soportes no van acompañados precisamente de una renovación en los mensajes. Los massmedia construyen un sentido común predominantemente conservador probablemente ligado a la monopolización de la propiedad de los medios y al triunfo político del neoliberalismo.

Dos asuntos al parecer nos preocupaban, probablemente inmensos, pero que vale la pena discutir: la cuestión del sujeto/ los sujetos/ las sujetas de la revolución y las formas bajo las cuales lo personal se inscribe en lo colectivo examinados a la luz de las transformaciones en los procesos materiales y simbólicos acontecidos en los últimos años. También, seguro, pensados desde la testaruda negativa a abandonar el deseo de habitar un mundo capaz de incluir a todos y a todas.

 

4. Las formas de articulación de una nueva propuesta feminista - marxista.

 

En la medida en que las feministas se proponen transformar la vida desde sus raíces, desde la vida cotidiana misma, el feminismo es, y en este señalamiento coincidíamos, la revolución más larga de la historia.

Si desde la perspectiva de Holloway la cuestión es que el feminismo no tiene una teoría de la crisis del sistema patriarcal, desde nuestra perspectiva el asunto no reside en la ausencia de una teoría, sino en la falta de articulación política de las feministas.

Esto en realidad se relaciona con uno de los núcleos dilemáticos del feminismo. El feminismo no implica necesariamente una posición anticapitalista, del mismo modo que el marxismo ha estado y está aun atravesado por elementos patriarcales, ligados no sólo a la subsunción de la contradicción del asunto de las mujeres en la lucha de clases, sino a las tradiciones revolucionarias mismas, a las prácticas organizativas y partidarias, a las subalternidades que inconscientemente nos sujetan a un orden que clava en la carne sus anclajes.

Desde la perspectiva de Dora la coyuntura actual nos encuentra a las feministas frente a una serie de dilemas. Por una parte el indudable aumento de las desigualdades que afecta a todos, pero más a las mujeres en la medida en que las priva de derechos antes conquistados, hace imprescindible situar el debate en un espacio que no implique necesariamente la aceptación de las premisas establecidas por las clases dominantes.

Esto es; la relevancia de conservar una opción que ligue marxismo y feminismo se vincula con una perspectiva que no deja de advertir la profundización de la explotación y la ferocidad homicida que ha ido adquiriendo la lucha de clases en los últimos años.

Por la otra existe una tensión inocultable, ligada a lo que Dora llama la capacidad contestataria del feminismo, que tendría que ver con esa resistencia a aceptar las clasificaciones previas, con la negativa "a ser consideradas como clase, pero al oponernos a la clase capitalista que domina esta sociedad, somos parte de la lucha de clases, que ya no pasa solamente por el trabajador asalariado" (Coledesky 2000). Esa posibilidad de imaginar otras alternativas, de instalarse en los resquicios probablemente constituya una de las potencialidades transformadoras del feminismo.

La doble inscripción conserva pues aristas que a mi entender son mucho más problemáticas de lo que nos gustaría reconocer. Los últimos procesos sociales han conducido a la feminización de la pobreza y al crecimiento de la jefatura femenina de hogar, pero las mujeres no somos una clase, sino que nos hallamos en los intersticios de la sociedad. Asumir el cruce entre clase y diferencia sexual, entre dominio patriarcal y explotación clasista no es sencillo ni desde la teoría, ni desde las prácticas organizativas.

La sensibilidad ante las diferencias sexuales, ante el derecho a la diversidad, ante la subjetividad lacerada de mi prójima, mi hermana, no necesariamente abre mi mirada hacia la profundización de la explotación que expulsa a las mujeres, pero también humilla y arrasa la dignidad de los varones de sectores subalternos, esos mismos que muchas veces son los peores adversarios de sus mujeres abandonándolas, golpeándolas, excluyéndolas. Esos que otras veces pueden transformar sus perspectivas y solidarizarse.

Aun más, los últimos años ilustran las tensiones de manera casi ejemplar. La expansión de lo que desde el punto de vista de la tradición podríamos llamar los derechos democrático - burgueses ha beneficiado al colectivo de mujeres de manera significativa. Se ha producido un avance en el plano legal que no podemos dejar de considerar. Sin embargo, por una parte se han desfondado las condiciones materiales para su ejercicio, y por la otra la ampliación se cumple en términos y en un contexto que nos hace sospechar sobre su significación emancipatoria.

El matrimonio entre feminismo y marxismo, es verdad, dista de ser feliz, pero indudablemente para muchas de nosotras, feministas, algunos elementos de la tradición marxista continúan siendo una herramienta útil para abrir desde algún sitio la caja negra de las nuevas condiciones históricas.

Uno de los asuntos que resultaron más interesantes fue ver cómo muchos elementos enlazaban en el análisis. Fundamentalmente la idea de que la dimensión histórica es inexcusable en el análisis; la consideración de la multiplicidad de factores como articulados por una suerte de lógica común, una mirada que un clásico como Lukács hubiera llamado "punto de vista de la totalidad"; el rechazo hacia la dimensión económica como "factor" independiente de los procesos de producción y reproducción de la vida humana; la insistencia sobre la relación entre producción y reproducción, entre vida cotidiana y política. Como feministas insistimos en las relaciones entre cuerpo y política como una dimensión decisiva en el análisis, que muchas veces la tradición marxista ha descuidado pero que a nosotras, desde esta doble difícil pertenencia, nos interesa rescatar.

Finalmente, una breve observación sobre las estrategias. Circuló con insistencia la idea del feminismo como "movimiento autónomo, aún imperfecto, ha dado el ejemplo de horizontalidad, de rechazo al verticalismo, aunque en su seno se expresen también -no puede ser de otro modo- los aspectos que rechazamos en esta sociedad, los caudillismos, las maniobras burocráticas. Pero de lejos es superior a cualquier partido político y ésa es nuestra fuerza y nuestra posibilidad de progresar, si somos capaces de debatir entre nosotras los problemas que impiden el progreso y organizarnos". Una vez más la tensión frente a la tradición y su herencia de organizaciones partidarias sobre cuyas prácticas patriarcales y homofóbicas creo no es necesario insistir demasiado.

Sin embargo, me parece, debiéramos mantener una cierta vigilancia ante esta mirada hacia el feminismo como movimiento social. El regodeo societalista muchas veces bloquea los caminos hacia la política, que termina circulando por otros lugares. Necesitamos políticas, alianzas, formas organizativas, a la vez que horizontalidad, formalización a la vez que libertad, un ambiente libre para el debate bajo condiciones inciertas. Lo que no nos faltan son, sin lugar a dudas, razones para continuar. La prueba está en la decisiva cuestión del aborto, que no deja de repicar.

 

Mendoza, agosto de 2001

1. Hago la aclaración porque es demasiado frecuente, incluso entre nosotras, tropezar con aquello de "All black are men, all women are white, but some of us are braves".

2. No puedo resistir la tentación de un breve comentario al pie. Entre las múltiples imágenes de ese pasado dorado ligado a la eclosión de las expectativas revolucionarias, una imagen se destaca en mi memoria: la de las mujeres árabes protagonistas de la Batalla de Argel, seguro mediada por la mirada de Gillo Pontecorvo. Hoy es muy difícil hallar imágenes equivalentes: el sombrío retorno de chadores y burguas, de fundamentalismos de todo tipo; el aborto selectivo de fetos femeninos en India y el ginecocidio infantil en China; los avances de la Iglesia Católica y su capacidad de presión tanto en el nivel nacional como internacional prestan a este tiempo un aire muy diferente.

3. Es muy interesante retomar aquí la idea del efecto de reconocimiento como lo más propio del funcionamiento de la ideología: la imaginaria completud lograda por la vía de la mirada del otro y de la autopercepción satisfecha obtura toda posibilidad de crítica. A menudo es uno de los efectos más satisfactorios y a la vez más riesgosos de la pertenencia a pequeños grupos militantes. Y no se trata, por cierto, de una exclusividad de la izquierda, sino de un rasgo que no es infrecuente entre nosotras, las feministas.

© 2001, Alejandra Ciriza.
RIMA: Red Informativa de Mujeres de Argentina.
URL de este archivo: http://www.rimaweb/feminismos/feminismo_marxismo_aciriza.html
Fecha de publicación en RIMAweb: 29 de octubre 2001.
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