SEGUNDA OLA DEL FEMINISMO EN ARGENTINA:

 

COLOQUIO CON FEMINISTAS DE LOS SETENTA

Texto de la convocatoria:

 

"La idea de esta convocatoria nació de conversaciones informales y muy conmovedoras, que surgieron durante las Jornadas Feministas 2002, entre una joven feminista y otra feminista con quien su abuela había compartido los avatares de la acción reivindicativa treinta años atrás.

 

"A partir de allí nos preguntamos porqué no generar encuentros donde a la vez que intentar reproducir a través del relato en primera persona de algunas de las integrantes de UFA (Unión Feminista Argentina) esa intensa transmisión de vivencias hacia mujeres que nos incorporamos posteriormente al feminismo, podamos también rodearlas con nuestro reconocimiento por la labor que en ese momento particular de sus vidas desarrollaron y siguen desarrollando.

 

"Por eso deseamos tenerlas a ellas con nosotras dialogando sobre las motivaciones que las condujeron al feminismo, la influencia que el feminismo tuvo en sus vidas, cuál era la dinámica de los grupos de concienciación, de qué manera resolvían los conflictos y contradicciones ante la diversidad de experiencias y compromisos de cada una y en fin, aquello que consideren relevante contarnos."

Libertad Schuster, Mónica Tarducci.

 

 

El 9 de octubre de 2002 en el Museo Roca de Buenos Aires tuvo lugar este encuentro, a continuación el texto elaborado para el mismo.

 

 

UFA HOY

 

ÉTICA MINIMALISTA, ÉTICA UNIVERSAL

por Leonor Calvera, Gabriela Christeller, Mirta Henaul, Marta Miguelez, Safina Newbery, Sara Torres

Desde los medios de comunicación masivos, desde las encuestas a distintos sectores de la población, desde el pensamiento reflexivo de unos pocos, se converge en señalar lo que comprueba la mirada personal: el fantasma que está asolando a la sociedad se llama corrupción, forma perversa de los valores morales. A partir del diagnóstico de esta enfermedad que nos va consumiendo, es preciso establecer algunas precisiones, incluso históricas, para encontrar el camino que nos lleve a un estado de salud que quizá nunca hemos tenido.

Los métodos de fundamentación de la ética

 

El replanteo de la noción de sujeto y sus derechos que acompaña las ideas filosóficas desde hace dos siglos ha puesto en crisis, en el ámbito de la ética, los grandes métodos que hasta entonces la habían fundamentado.

El primero de ellos, el metafísico, se halla cronológicamente asociado a los sistemas religiosos. Su expresión más acabada y permanente se encuentra en las concepciones orientales -egipcia, china, hindú- donde el verdadero bien no pertenece a este mundo: las acciones y su soporte de ideas y sentimientos debe tender a alcanzar aquello que permita evadirse de las condiciones mundanas. En consecuencia, en la ética oriental será bueno y positivo cuanto aleje de los apegos y malo y negativo lo que sujete el espíritu a la tierra. La actitud óptima, justa, es el desapego, la ecuanimidad que contempla la vida con la serenidad de un lago, transitando una vía media alejada de las pasiones. En estas cosmovisiones nada puede salvar del castigo por apartarse de la norma ética puesto que no hay redención para las faltas cometidas, que deben ser saldadas en esta o en otras vidas.

También Occidente partió del continuum ético-religioso como factor movilizante de la civilización que conocemos. Las leyes morales dictadas desde lo celeste, comprendían la punición de aquello que las transgrediera. En el mundo religioso griego y romano, tanto como en la tradición judeo-cristiana, las acciones de los hombres quedaban sometidas en última instancia al juicio más severo de los dioses -o de Dios. Los códigos de derecho, reputados de inspiración divina, reforzaban desde lo jurídico los mandamientos de las deidades.

 

El segundo método de fundamentación de la ética -el de la experiencia interior- aunque en ciertos aspectos se emparienta con el anterior, surge con caracteres propios. Al comenzar a des-sacralizarse el mudo, los pensadores hubieron de buscar nuevos cimientos para el buen obrar de los hombres, con independencia de los castigos que pudieran sobrevenir desde y en el más allá. Vale decir, comenzaron a erigirse sistemas auto-suficientes, que procuran poner en el hombre tanto el fin como los medios y la punición.

Cortados los vínculos con lo divino, estos sistemas se afanan en ocupar el vacío dejado por lo sagrado con planteos propios. A partir del siglo XVII vemos así aparecer nombres individuales que procuran dar respuestas de pretendida validez universal. Dice Dilthey: "Los lazos metafísicos de la coherencia del mundo estaban destruidos. Esto se logró por la Escuela de Oxford, Locke y Hume. A esto se agregó la disolución de la vigencia de las cualidades, de espacio y tiempo. Esto se logró por Galileo, Descartes, Locke, Leibnitz y Kant" (1)

El método ético de la experiencia interior, que incluye la vida intuitiva y la auto-conservación, la simpatía, la conciencia de obligación y de ley, la existencia de valores superiores, trató de establecer un núcleo unitivo entre esos elementos, descuidando el aspecto exterior, histórico. Recién en el siglo XIX se emprenderá la tarea, que todavía no ha finalizado, de analizar cómo los principios éticos individuales -exposición de un contenido vital- son condicionados históricamente estando sujetos, por ende, a un grado variable de mutabilidad. Este punto de visto histórico-social configura la tercera y última de las grandes fundamentaciones de la ética.

 

Los derechos del individuo

 

En la organización primariamente religiosa de la sociedad, la cultura moral de los pueblos estaba sostenida por la jerarquía sacerdotal y la monarquía, cuyas esferas de poder quedaban fuera de todo cuestionamiento. No obstante, a medida que las ideas fueron perdiendo su anclaje en lo divino, secularizándose las costumbres, nuevos estratos de la población -movilizados asimismo por los cambios en los medios de producción- pugnaron por situarse en los círculos de poder o, al menos, por estar representados en ellos.

En el pasaje de la soberanía del reino a la república los socialistas utópicos, entre otros, recogen las necesidades y aspiraciones de las capas populares -contrapuestas a las de la clase dominante- y las instalan en un marco evolucionista de los fenómenos morales masivos. Así, la teoría alemana, con Hegel como principal exponente, o la teoría biológica del desarrollo, que tuvo en Bentham a uno de sus defensores, definieron las metas de la sociedad, en palabras de este último, como "el máximo bienestar posible para la mayor cantidad posible de personas." De este modo, el progreso y la holgura se incorporaban al repertorio ético como parte del bien a que debía aspirar cada ciudadano. En la obtención de esta meta jugaba un papel decisivo la educación, desde la que se definía lo ético superior conforme a los hombres espiritualmente notables de cada época.

En ese horizonte de recreación, el del siglo XIX, lo estético ganó asimismo en validez general al contribuir a modelar los ideales ­entendiendo por ideal "una tensión de la voluntad que no está condicionada por obligaciones, sino que tiene el carácter de una libre realización de una imagen representada de gran perfección". (2) De igual modo, será la literatura, y el arte en general, los que realicen una honda crítica de las instituciones organizativas de la sociedad, de las que denunciarán su corrupción.

El individuo medio había comenzado, finalmente, a destacarse de la anonimia de lo que fuera tradicionalmente una sociedad jerarquizada. A impulsos del espíritu científico-naturalista, extendido al campo político, las repúblicas reconocen la ciudadanía de los miembros de todas las clases sociales así como los códigos legales hacen lo propio con los derechos y deberes de esos ciudadanos. A favor de esto, el ángulo de incidencia de las clases trabajadoras se fue ampliando de más en más, cuestionando los presupuestos de la sociedad y transformando sus objetivos. Sin embargo, tanto el utilitarismo de Stuart Mill y Bentham, como la orientación hacia el progreso de Spencer, hacia el Estado de Hegel y los sociologistas, o hacia la Humanidad del positivismo, se resienten de cierto autoritarismo ético, que tampoco eluden construcciones como la teoría de la simpatía de la escuela escocesa, la piedad de Schopenhauer o la producción del superhombre de Nietzsche.

 

 

La alteridad

 

La filosofía práctica dejaba hasta entonces un ancho margen entre la identidad consigo mismo y el desarrollo de una conciencia ética de sí. Allí se asientan las especulaciones que parten de Kierkegaard. Desde Feuerbach y Schopenhauer hasta Buber y los existencialistas del siglo XX y aún más acá, un tema estremece la columna vertebral del pensamiento reflexivo: la alteridad.

La palabra no se apoya sino en el silencio; la luz en la sombra. El yo no puede llegar a su verdadera definición sin el tú, se afirma desde hace dos siglos hasta los post-modernos Lo dialógico suplanta a la dialéctica. Se busca la alteridad. Sin embargo, de todas esas indagaciones, de todos los valores del varón -que ha hurtado para sí el universal hombre- ha permanecido largamente ausente la mitad de la humanidad: la mujer, el gran tú histórico, el tú siempre oculto.

El orden simbólico concomitante a ese tú ha sido dejado prácticamente de lado en los sucesivos valores pretendidamente universales. Según las investigaciones de Kölhberg, allí donde reina el imperativo masculino de hacerse respetar, la mujer opone el cuidado y la atención. Allí donde el varón se describe lanzado a la auto-realización, la mujer aparece en conflicto con los vínculos afectivos que lesionan sus pretensiones de responsabilidad y autonomía. Allí donde el varón manifiesta su poder o su fidelidad a valores abstractos, en las mujeres persiste su preocupación de no dañar a los demás y comprometerse con lo emocional.

A partir de estas pautas de conducta, junto con algunas otras similares, se fue gestando, desde los estudios de género, desde el feminismo, una suerte de ética alternativa, la ética de la diferencia.

Sin duda las mujeres, la mitad subalternizada y acallada de la historia, están en inmejorables condiciones para plantear una correlación distinta entre lo exterior y la interioridad, entre las propuestas del sistema de poder y las necesidades y aspiraciones individuales. Sin duda son las mujeres, eternas desplazadas, quienes se están haciendo cargo de flexibilizar los conceptos de autoridad, deber y obligación para ensanchar el área de las libertades, para ser tomadas en cuenta como personas.

El valor de estos aportes es inmenso, aun cuando ocasionalmente se limite sólo a mostrar una impronta de rebeldía frente a los argumentos hegemónicos del poder. Como toda ética tangencial -de los oprimidos, de los profesionales, de los artistas, de los científicos- abre un pluralismo cuya razón de ser ha de encontrarse en su misma transitoriedad modificadora. Como el juego de muñecas rusas donde la más pequeña queda subsumida en la mayor y ésta en otra mayor y así sucesivamente, las morales diferenciales deben subsumirse en una gran corriente ética universal.

 

Hacia una ética válida

 

Hoy en día comprobamos con dolor y pena las consecuencias nefastas del relativismo ético que se nos ha impuesto. Forjada por el varón occidental, blanco, esta ética ha respondido desde hace siglos a las estructuras de poder y autoridad. Se ha alimentado de exclusiones y condenas, de prejuicios y desigualdades.

El sistema ético actual impregna todas las esferas, desde el gobierno hasta la mente de cada una/o -donde ha hecho sus mayores progresos- pasando por la educación, el arte, las instituciones. Ha devorado la imaginación liberadora devolviendo un modelo de sujeto cuyo desideratum ha sido suplantado por valores orientados al éxito, el progreso material, los deseos artificiales y la acumulación de riquezas, lo cual implica un correlato de traiciones, envidia, celos, competencia. Al tratarse de una ética parcial, que responde al grupo dominante, necesariamente debe ser hipócrita, ignorando los datos que le aporta la realidad de otros grupos, de otros sectores, del tú mujer postergado. Por ende, debe amordazarlos, perseguirlos, acallarlos. Su mayor obra es colonizar el corazón y la mente de modo tal que toda crítica o inquietud legítimas sean sentidas como culpa. No adecuarse al modelo implica tanto el desarraigo social como un profundo malestar consigo misma/o.

Este relativismo moral, implantado por medios coercitivos directos e indirectos, genera zonas negras de resentimiento y venganza, donde mucha/os atisban la fiesta de unas/os pocas/os. Esta ética fragmentaria, sostenida desde las cúpulas dominantes y privilegiadas, pretende ser expresión de la verdad por su carácter resolutivo, aunque naufrague constantemente en conflictos, enfrentamientos, guerras y partidismos intolerantes, dejando un amplio margen de soledad y desamparo individual.

En esta sociedad globalizada día a día se hace más urgente un nuevo replanteo ético general que contemple una mayor cercanía entre palabra y acto, entre el mundo del trabajo y el control de los medios de producción y servicio, entre los/as dueños/as del dinero y aquellas/os que viven a cielo descubierto. En el modelo de adultez que se proponga deberá superarse la obligación y el deber de esta etapa por la solidaridad y el bien común. El yo deberá ligarse a los/as demás, no en el tejido continuo de la exterioridad, sino en el núcleo más profundo, el del revelamiento de la complejidad del ser; "ha de caducar el nexo reproducción-producción, se ha de romper el eje sexualidad-economía"(3) Esto introducirá modificaciones entre las estructuras de poder y su apercepción valorativa que no podrán sino ir diluyendo las fronteras que marcan rígidas separaciones entre instituciones e individuos, entre quien ordena y aquel/la a quien manda, entre el/la adulto/a y el/la niño/a.

Un nuevo "realismo ético" implica un orden labrado entre todos/as y por todos/as aceptado. En ese nuevo orden ético, el bien y los actos mediante los cuales llegar a él habrán de definirse, contrariamente a lo que ocurre ahora, desde los datos sensibles a la abstracción. Ese nuevo acuerdo intersubjetivo asumirá y preverá las consecuencias de los aportes de la ciencia, el arte y la técnica. Habrá de estar libre de dogmatismos religiosos y libre de condicionamientos económicos, gravitando en la confianza, la seguridad y el apoyo mutuos.

Una teoría de la ética debe ser real, no metafísica, "adecuada a los 'juicios' morales del hombre común y a nuestro entendimiento moral más desarrollado". (4) Sus fines han de contemplar la paz en el movimiento, la igualdad en lo diverso, la consideración en la diferencia. Estas nuevas pautas habrán de alterar, no sólo "la descripción de la etapa moral superior, sino que habrán de remodelar el entendimiento del desarrollo, cambiando toda su historia." (5) Olvidada de imposiciones en el diálogo intra e intersubjetivo, la ética será re-descubierta como el nexo fundamental de la convivencia

Decía Bloch: "Nosotros no sabemos todavía lo que somos, nosotros no sabemos todavía lo que seremos. Nuestro verdadero rostro nos es desconocido, pero no hacemos otra cosa que tender hacia él, hacia el fin del objeto en el sujeto liberado, el fin del sujeto en el objeto no alienado." (6) Para ello, el nuevo pacto intersubjetivo deberá elaborar, por primera vez en la historia, el desvelamiento, el descubrimiento de la otredad fundamental: la mujer respecto del varón, el varón respecto de la mujer. Sólo entonces, en esa integración diferente, la ética podrá pisar con firmeza una tierra sólida y auto-determinante.

El paraíso podrá ser recuperado, pero no por asalto. "Ser personas y respetar a los otros como personas" (7) requiere una vigilancia permanente, una labor cotidiana. Cada uno/a de nosotros/as, víctima o victimario/a, ha internalizado la escala de valores actual. Cada uno/a, ocupe el lugar que ocupare, tiene un grado de responsabilidad, sea por acción u omisión. Cada uno/a de nosotros/as debe entonces elegir entre seguir glosando el viejo esquema de la injusticia y la parcialidad o impulsar un cambio radical. Ese cambio no puede sino hacerse de modo minimalista, esto es, acto por acto, palabra por palabra, idea por idea, sentimiento por sentimiento. Porque no hay excusas para justificar un acto, palabra, idea o sentimiento, propio o ajeno, que no esté impregnado de conducta moral. Sólo así, a través de la integración sin amputaciones ni cercenamientos, sin auto-indulgencias ni complicidades, quizá se llegue a la unidad del bien, la belleza y la verdad de la necesaria y paradójica ética universal.

 

 

Notas

 

(1) Wilhem Dilthey. Sistema de la ética. Buenos Aires, 1973.

(2) Ibid.

(3) Leonor Calvera. El género mujer. Buenos Aires, 1982.

(4) Karl-Heinz Ilting. ¿Qué significa propiamente moral? Cuadernos de Ética. Vol I. Buenos Aires, abril de 1986.

(5) Carol Gilligan. La moral y la política. México, 1985.

(6) Ernst Bloch. Tübinger Einleitung in die Philosophie. Francfort del Meno, 1967.

(7) Friedrich Hegel. Filosofía del Derecho. México, 1984.

 

 

Buenos Aires, octubre de 2002



© 2003
RIMA: Red Informativa de Mujeres de Argentina.
URL de este archivo: http://www.rimaweb.com.ar /feminismos/segunda_ola_argentina.html
Fecha de publicación en RIMAweb: 15/06/03,
Palabras clave: UFA, feminismo en Argentina. leonor calvera, safina newbery, sara torres.
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